¿Cuánto tiempo ha estado documentándose
para escribir la novela?
Mucho más que escribiéndola: un año
largo consultando y leyendo entre cien y ciento cincuenta
libros para ambientarme sobre la época: cómo
escribían, cómo prendían el fuego,
cómo vestían, que comían... Sin embargo,
lo más costoso fue meterme en la piel de aquellas
gentes y conocer sus miedos, sus creencias, qué pensaban
de Dios, como afrontaban la muerte...
Además de los libros, ¿utilizó otras
fuentes documentales, como por ejemplo la película
‘Crónica del rey pasmado’?
Hace años que la vi y mira que he pensado en esa
película, porque me hubiera gustado volverla a ver
para ubicarme y rememorar el papelón de Gabino Diego
como Felipe IV. Pero no la repasé. Lo cierto es que
no hay demasiado cine español sobre aquellos años.
Y es una lástima porque daría para muchos
metros de celuloide.
¿Cómo eran los españoles del siglo
XVII?
Eran muy temerosos de Dios, muy supersticiosos. Como anécdota
le diré que Carlos II era epiléptico y para
curarle la enfermedad no se les ocurrió otra cosa
que ponerle un pichón muerto sobre su cabeza. Y esa
idea provenía de los médicos más importantes
de la época.
¿Por qué un abogado metido en el mundo financiero,
de repente, rompe a escribir?
En parte por necesidad, para evadirme del sistema y de
la presión diaria a la que todos estamos sometidos.
Es un mecanismo de defensa al que he llegado de rebote,
porque yo hacía fotografías y escribía
relatos cortos. Hasta que se me ocurrió esa historia
y me pregunté que por qué no iba a escribir
una novela. Y lo hice.
¿Rompe mucho al escribir?
No, no corrijo mucho, soy bastante ágil en la escritura.
Procuro escribir cuando estoy inspirado. Si no lo estoy
también trabajo, pero al día siguiente lo
primero que hago es corregir lo que hice la víspera.
¿Escritor diurno o nocturno?
Soy escritor noctámbulo. Para mí la noche
es fundamental para escribir. Primero, por motivos laborales,
ya que trabajo de día, y segundo, porque siempre
he sido de hábitos nocturnos: estudiaba de noche,
salía de noche...
Y ahora que ya ha experimentado ambas cosas, ¿en
qué terreno se siente más cómodo: en
el relato breve o en la novela?
Hombre, una novela es más larga y sus planteamientos
son radicalmente distintos. Los que han leído mis
relatos dicen que soy un buen escritor de relatos cortos
y me aseguran que es más difícil escribir
relato breve que novela. Pero yo no sé si estoy de
acuerdo con esto. De todos modos, la verdad es que no sé
por qué los relatos cortos son considerados un género
chico, cuando realmente merecerían un mayor número
de lectores.
¿Por qué escogió la estructura de
thriller?
En la novela, el hecho fundamental son los asesinatos y
la investigación de los mismos. Se desarrolla en
1682, obligado por la leyenda en la que me basé para
construir la historia. Y a medida que avanzaba en mi estudio,
iba atrapando mejor la trama. Digamos que he ido cubriendo
pequeños vacíos históricos con su escritura.
¿Qué técnicas utilizaban los "ceseís"
de la época?
Básicamente la intuición y el sentido común,
que son las principales características de mi personaje,
Fernando de Zúñiga.
Va un poco de sobrado don Fernando, ¿no?
Aparentemente. Se trata de una persona que está
muy por encima de la media de la época. Tenga en
cuenta que en aquellos años, el noventa por ciento
de la población era analfabeto y él era doctor
por la Universidad de Salamanca. Lo que resulta evidente
es que desde luego humilde no es y, si resulta algo pretencioso,
es porque podía serlo.
¿Qué tiene don Fernando de Zúñiga
de Félix G. Modroño?
Supongo que tiene bastante. No sé si Fernando de
Zúñiga sería como yo hoy o yo como
él en el siglo XVII, pero es evidente que tiene muchas
cosas mías.
¿Le ha salido un contrincante a Alatriste?
No, no, estamos hablando de palabras mayores. Pérez-Reverte
es uno de mis ídolos y jamás podría
llamarle contrincante. Está ambientada en una época
similar, pero Alatriste es más guerrero, más
peleón, más espadachín que don Fernando
de Zúñiga, más parecido a Poirot o
a Holmes.
En ‘La sangre del crucificado’ la calidad de
la escritura crece capítulo a capítulo.
Es posible, a medida que avanzaba me iba enriqueciendo
y la historia ganaba en intensidad. Es lo mejor que me pudo
ocurrir porque así no pude dejarla hasta el final.
Hay un buen trabajo de mezcla de castellano antiguo y actual,
¿le ha costado mucho hacerlo?
Es un aspecto que he cuidado mucho porque no quería
aburrir con el lenguaje de época, que puede resultar
tedioso para el lector común. Pero a la vez tampoco
quería introducir cosas que no pudieran decir o pensar
personas de entonces.
‘La sangre de los condenados’ es cinematográfica.
Sí, además escogí bien los lugares
pensando en que si alguien se anima a llevarla al cine los
paisajes los tiene solucionados.
¿Habrán más novelas de don Fernando
de Zúñiga?
De momento, estoy disfrutando con la primera y dependiendo
de la aceptación que tenga entre los lectores, sí
habrá una segunda novela protagonizada por este mismo
personaje.
Y si no hay esa aceptación, ¿continuará
escribiendo?
Ya le he cogido el gusanillo a esto y aunque sea con otro
registro seguiré haciéndolo.
Convenza a los lectores para que se acerquen a su libro.
‘La sangre de los crucificados’ es una novela
que puede interesar a muchísima gente. Una de las
mayores satisfacciones que tengo es que personas que hacía
tiempo que no leían o que no acostumbraban a hacerlo,
se han enganchado de principio a fin con sus páginas.
Creo que arrastra al lector porque contiene una parte de
intriga, otra de formación e, incluso, en determinados
momentos hasta se puede reflexionar con ella.
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